¡En busca del pincel perfecto!


Me encontraba hace un par de años visitando una feria de muestras en Torremolinos, cuando me topé con un “mini-stand” en el que tres chicas pintaban caritas con más ganas que cuidado. ¡AY! Contaban con un par de paletas (grandes) Snazaroo, pero maltrataban cuatro o cinco pinceles despeluchados, ahogándolos en un vaso en el que los metían al acabar de “ensuciar” la cara del pequeño.

Me acerqué a ellas, con la alegría en los ojos, esa alegría que te invade cuando encuentras un español en un “bread&breakfast” comiendo “fish&chips” en un diminuto pueblo perdido de Escocia. Decía que me acerqué, les alabé el gusto por usar Snazaroo y les rogué, en nombre de la salud física y mental de los pinceles, que no los dejaran dentro del agua, aún menos sobre su punta, con el sufrimiento que eso genera a las cerdas y la madera. Además, les pasé mi teléfono y mi email, podríamos quedar, charlar, pintar y compartir. No sé si te han llamado a ti, desde luego, a mí no. Espero que, por lo menos, dieran un entierro digno a los pinceles... ¡pobres!.

El pincel perfecto o, al menos, el pincel que te permita realizar un trazo aceptable, un punto redondo y una línea de tigre digna, no necesariamente debe ser caro. No. Puede ser económico, hasta barato, pero nunca debe soportar atentados tales como bañarlo debajo del grifo sin control o matarlo por asfixia o desmembramiento en un vaso de agua sucia.

En mi kit se encuentran pinceles de punta redonda de diversos tamaños y pinceles planos también de distintos tamaños, todos ellos de marcas variadas pero, especialmente, de marcas desconocidas. Tenemos algún Kryolan o American Painter, sobrevive un pincel rojo Snazaroo estupendo, grandecito, que más o menos ya voy dominando -aún grande, consigo hacer trazos más finos con él tras el paso de los meeeeseeeeesss-, algunos planos de Mehron y un montón de pinceles “variados”, unos de marca desconocida y otros de origen, digamos, “asiático”.

La idea es que las cerdas sean los suficientemente suaves como para no dañar la piel del modelo pero no tanto como para que la pintura y el agua se conviertan en un “pegote” que no fluya sobre esa misma piel. Por eso la mayoría de mis pinceles tienen cerdas sintéticas y, si hay alguno de cerdas naturales, no los uso para pintar sino para difuminar. Alguna brocha kabuki también manejo, viene bien para pintar superficies más grandes y no agotar la paciencia utilizando esponjas; aplicadas con cariño y esmero, nos dejan una base bastante buena.

Mientras estoy maquillando, los pinceles en espera se quedan en su estuche, que coloco de pie; los que están en uso y manchados de pintura, reposan encima de una toallita -a modo de “cama”, como Glyn Goodwin me enseñó-; al acabar, los enjuago a conciencia y los lavo si puedo -a veces tengo un lavabo cerca-, los envuelvo en la toalla y los limpio en casa -preferiblemente con agua templada-, una vez secos, les aplico alcohol.

Normalmente, durante el evento, y según el espacio que tengo, intento mantener un pincel para colores claros y otros para colores oscuros, así ahorro tiempo al pintar y el agua de enjuague se mantiene limpia más horas.

No lo olvides, lo importante no es la marca o el precio del pincel, lo importante es que las cerdas fluyan contigo, tomen la forma que deseas para lograr el trazo que quieres y se conviertan, así, en una prolongación de tu mente.



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